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domingo, 20 de abril de 2014

LA FRASE ETERNA DEL GABO




MuchoS años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...
(FOTOSÍNTESIS le dedica la presente entrega única y exclusivamente a quienes se han conmovido y se conmoverán por los siglos con esta maravilla de párrafo)


lunes, 22 de julio de 2013

AHI ESTA EL DETALLE





NOMAS APURRUÑATE, MI CUATE

Ahí está el detalle


Jamás la he olvidado, pese a que vi sus películas restantes. De ella y con ella partí para todos mis análisis del personaje, el original por supuesto, no el decadente y sentimental moralista en el que se convirtió luego como producto de una metamorfosis lamentable. Dos cualidades son las más destacadas de Cantinflas, su repetida manera de caer en situaciones de doblez -siempre tiene que vérselas con una suerte de complot donde él mismo debe asumir otra personalidad- y su proverbial forma de conducirse con sus amigos más íntimos, sobre todo  en el momento de la impostura que le toca representar. Los trata de "igualados", simulando y hasta creyendo que su posición es producto de una meritoria condición privilegiada, de clase social alta o de un abolengo repentino que él mismo persiste en asumir como si fuera auténtico, marcando las distancias chocantes del converso y haciendo que sus acciones no sean otra cosa que una verdadera y genial parodia... 
Renglón aparte nos merece la forma en que Cantinflas se dirige a sus semejantes. Aquí mismo -en "Ahí está el detalle" que es para mí la mejor película de su larga carrera- lo comprobamos en uno de sus instantes más estelares. A la pregunta del abogado acusador en el juicio que se le sigue "¿A ver, jovencito, cuál es su gracia,?" Cantinflas responde de inmediato y sin inmutarse, y en uno de los más espectaculares momentos del cine: "La facilidad de palabra". (FOTOSÍNTESIS le dedica la presente entrega a quienes siguen viendo en Cantinflas la mejor parodia de los conversos y no el decadente personaje que manipularon luego las películas a color para convertirlo en un moralista de llantén y mocos por cualquier cosa).            

martes, 16 de julio de 2013

LAS MENINAS






QUE EN LAS MENINAS NO APARECE EL PERRO, SEÑORES






Cuando las vi de frente cargaba un dolor de coyunturas que no me había dejado en tres días. El maldito ácido úrico hacía de las suyas y en el salón donde estaban "Las meninas" no había donde sentarse; pero además, como si se tratara de una conspiración universal, unos turistas japoneses -probablemente un colegio venido de lo más profundo del archipiélago- contemplaban la pintura con un escandaloso juego de manos que yo no supe si atribuirlo a las edades de los chamos o a una secuela de la bomba atómica lanzada en 1945, en particular porque no era del todo normal el jolgorio. De todas maneras allí estaban ellas, "Las meninas" de Velázquez, el cuadro que el doctor Astorga nos había enseñado por primera vez en la Escuela de Historia de la ULA y que yo había asumido con una responsabilidad personal, metafísica, directamente asociada con otras edades y otros tiempos remotos, generando en aquella mirada asombrosa la relación de mayor misterio que yo haya tenido con el arte. Afortunadamente se inauguraba ese mismo mayo una exposición de Goya que atraía la atención mayoritaria del público, incluyendo a los japoneses, de manera que las prioridades ajenas me dejaron confrontar el viejo misterio de mi relación con  la obra, pensando en las múltiples explicaciones que yo había leído en numerosas y especializadas ocasiones, desde las  escritas por Carlos Fuentes (tan didácticas) hasta los más intrincados razonamientos de Michel Foucault (tan exigentes). De pronto me sentí contento, agradecido de Goya por el enorme gentío que convocaba en la otra sala contigua, yo extasiado y rígido frente a las "Meninas", literalmente detenido en el punto movedizo en que los reyes están posando para el pintor, y que, al mismo tiempo, es también un lugar convertido en presente, el aleph desde cuyo sitio observamos -una y otra vez y mediante las miradas de todos- la consagración de la modernidad sin mayores rodeos. Pensé en evidenciar palmariamente que con "Las meninas" Velázquez nos había enseñado a ver y que su propósito principal, demostrar que la ficción y la realidad no son excluyentes, no era una simple especulación artística. Entonces lo hice, sigilosamente, sorteando la vigilancia y en una suspensión extraña que me puso enfrente del cuadro, estirando mi mano para separar del conjunto a la única criatura  que ahora no aparece en la obra: el perro. Se llama Poe y está aquí conmigo desde que se lo sustraje a la pintura, echado y sin emitir un solo ruido que lo delate... Todo ello  mientras escribo la presente nota y vuelvo a reponer la frase que se le atribuye a Salvador Dalí en uno de sus juicios más polémicos: "Si alguien se roba "Las meninas" pueden quemar   el museo del Prado entero y no se perderá gran cosa". Ignoro si otros se han dado a la tarea de seguir rebanando la obra aunque sólo sea imaginariamente. Claro, sin el perro, porque ese ya me pertenece  a mí por derecho especulativo y metafísico. (FOTOSÍNTESIS le dedica la presente entrega a todos aquellos que todavía creen en la trascendencia de las obras de arte y en la imaginación como componente fundamental de los más hermosos desvaríos del hombre).